Cuando te dejas el lomo todo el año cuidando la finca y, de repente, ves que los frutos no cuajan, que las hojas amarillean o que la plaga se ríe en tu cara después de haber echado el producto, el cuerpo se te queda cortado. Has invertido una millonada en fitosanitarios esperando salvar la cosecha y lo que tienes delante es un desastre que huele a ruina. La reclamación por fitosanitarios defectuosos es la única vía legal para no comerte tú solito una pérdida que no te corresponde, porque si el producto no cumple su función o, peor aún, causa una fitotoxicidad que quema el cultivo, la responsabilidad es del fabricante o del distribuidor. No hay más vuelta de hoja.
Lo primero que tienes que saber es que estamos ante una responsabilidad civil por daños derivados de productos defectuosos, regulada principalmente en la Ley General para la Defensa de los Consumidores y Usuarios. En el momento en que un producto químico agrícola no ofrece la seguridad que legítimamente cabría esperar o no posee las propiedades técnicas anunciadas en su ficha de seguridad, nace tu derecho a ser indemnizado por el daño emergente (lo que has pagado por el producto y el coste de aplicarlo) y el lucro cesante (todo el dinero que vas a dejar de ganar por esa cosecha que se ha ido al traste).
El problema de la prueba y el nexo causal
Aquí es donde la cosa se pone técnica y donde muchos agricultores pierden el pleito antes de empezarlo. No basta con decir «el producto no funciona». En derecho procesal, la carga de la prueba recae sobre quien reclama. Necesitamos demostrar lo que llamamos el nexo causal: la relación directa entre el uso de ese fitosanitario concreto y el daño sufrido en tus plantas. ¿Te han dicho alguna vez que «ha sido el tiempo»? Pues prepárate, porque la empresa de suministros va a ser lo primero que suelte por la boca para escurrir el bulto.
Para que no te tomen el pelo, es fundamental contar con un informe pericial agrónomo. Un perito tiene que ir a la finca, tomar muestras, analizar el estado fenológico del cultivo y descartar otros factores como el estrés hídrico o errores en el abonado. Si te guardaste un bote del lote sospechoso (que espero que sí, porque eso vale oro ahora mismo), hay que llevarlo a analizar a un laboratorio independiente. Si el compuesto activo no está en la concentración que dice la etiqueta o si hay impurezas químicas no declaradas, tenemos el caso medio ganado.
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En estos temas el tiempo corre que vuela. No es como una deuda que puedes reclamar años después con calma. Aquí hablamos de seres vivos (tus plantas) que cambian cada día. Si esperas a que la cosecha esté totalmente seca para llamar a un abogado, el perito de la parte contraria dirá que es imposible saber qué pasó hace tres meses. La acción de responsabilidad por daños derivados de productos defectuosos tiene sus propios plazos de prescripción, y aunque generalmente hablamos de tres años desde que se produjo el daño, en la práctica agraria, si no documentas el desastre in situ, la prueba se evapora con el siguiente riego.
¿Has hecho ya fotos de todo? ¿Tienes las facturas de compra y los albaranes de entrega donde aparezca el número de lote? Si no los tienes a mano, búscalos ya. Sin el número de lote, el fabricante dirá que ese producto no es suyo o que vete tú a saber de dónde lo has sacado. Es una pelea de David contra Goliat, pero con los papeles bien ordenados, a Goliat se le bajan los humos rápido.
Vicios ocultos y falta de conformidad
A veces el producto no «quema» la planta, simplemente no hace nada. Compras un fungicida para la botritis, lo aplicas siguiendo a rajatabla las dosis de la etiqueta y la plaga sigue ahí como si le hubieras echado agua con azúcar. Aquí entramos en el terreno de la falta de conformidad del producto. El vendedor tiene la obligación de entregarte algo que sea apto para el uso al que se destina. Si el producto es ineficaz, estamos ante un incumplimiento contractual.
En estos casos, no solo reclamamos al fabricante, sino también a la cooperativa o al almacén de suministros que te lo vendió. Ellos son los que tienen el contrato contigo. Muchas veces intentarán convencerte de que «ha sido un mal año de plagas», pero si otros agricultores de la zona que han usado marcas distintas no tienen el mismo problema, la excusa se les cae por su propio peso. ¿Has hablado con los vecinos? A veces, cuando una partida de fitosanitarios sale mala, media comarca está igual. Hacer una reclamación conjunta o, al menos, usar sus testimonios como prueba de contexto, refuerza tu posición una barbaridad.
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Este es el punto donde la mayoría de los abogados de ciudad se pierden, porque no saben lo que vale una hectárea de pimiento o de tomate en plena campaña en Almería. Para calcular cuánto te deben, no solo miramos la factura del fitosanitario. Eso es el chocolate del loro. Lo gordo es el lucro cesante.
Para calcularlo, usamos la media de producción de tus últimos tres años en esa misma época y la comparamos con los precios de pizarra de las alhóndigas en las semanas que deberías haber estado recolectando. Hay que restar, por supuesto, los gastos que no has llegado a tener (como la mano de obra de la recogida si no ha habido nada que recoger), pero el neto resultante es lo que te tienen que pagar. Y te digo yo que, cuando sacas la calculadora y ven que la broma les puede salir por decenas de miles de euros, es cuando empiezan a escucharte de verdad.
Qué hacer si te llega una inspección tras el desastre
Cuidado con esto. A veces, al usar un producto defectuoso o mal etiquetado, puedes tener problemas incluso con la administración si en un análisis de residuos sale algo que no debería estar ahí. Si te encuentras en esa situación, la defensa jurídica tiene que ser doble: protegerte frente a la posible sanción administrativa y, a la vez, preparar la demanda contra el fabricante. No te quedes parado esperando a que la empresa de fitosanitarios te dé una solución «amistosa» que nunca llega. Ellos van a dar largas hasta que la finca esté limpia y ya no quede rastro del daño.
A ver, que yo entiendo que meterse en pleitos da pereza y más cuando tienes la cabeza puesta en cómo vas a pagar las facturas del mes que viene con la cosecha perdida. Pero es que si te callas, le estás regalando tu esfuerzo a una multinacional que ha hecho mal su trabajo. No se trata de ser litigioso por gusto, se trata de que si tú cumples con tu parte (pagar el producto y aplicarlo bien), ellos tienen que cumplir con la suya.
Lo ideal es que nos veamos en el despacho, te traigas todas las facturas, las fotos que tengas en el móvil y, si tienes algún informe del técnico de la cooperativa, mejor que mejor. Lo miramos todo despacio, vemos si el perito puede entrar ya a la finca para certificar los daños y te digo con total franqueza si tenemos fuerza para ir a por ellos o si el riesgo no compensa. A veces, con un requerimiento extrajudicial bien redactado por un abogado que sepa de qué va el campo, las empresas se sientan a negociar antes de llegar al juzgado porque saben que tienen las de perder.
Si te ha pasado esto, no te quemes tú también la sangre. Pásate por VRM Abogados, nos tomamos un café y vemos cómo salvar los muebles de esta campaña. Que no se quede tu esfuerzo en el suelo por culpa de un producto que no valía ni para tirarlo. Sería una lástima que por no moverte a tiempo, la pérdida sea definitiva. ¿Hablamos y me cuentas cómo tienes la finca?